ESE MUCHACHO TROILO...
Por Ismael A. Canaparo (*)

Rezongo de bandoneón


“Alguien dijo, alguna vez, que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo..?, si siempre estoy llegando…”


(*) Periodista.

 

Nota Anterior

Nota Siguiente

Volver al Indice

 

“Aníbal Troilo era un tipo íntegro, tocando y existiendo. Una suerte de amoroso bolsillo dado vuelta, pero con la delicada discreción del que no tiene bolsillos porque ya está desnudo y sólo ante su propia eternidad. Y él no lo sabe”. Horacio Ferrer.

 

 


Aníbal Carmelo Troilo cumpliría 91 años el próximo mes de mayo. Afortunadamente, los hábitos parecen haber cambiado. Es más hermoso celebrar los nacimientos que conmemorar los aniversarios necrológicos. En este caso, el hallazgo tiene que ver más con la calidad que con la recordación, más con la valoración que con la evocación. ¿Quién osaría incorporarle algún acento, algún punto, alguna coma a una historia ya escrita sobre Pichuco?

El recorrido por la obra de Troilo es, fundamentalmente, un tránsito por zonas placenteras, repletas de genialidades. Su discografía es amplia e imperdible. Arranca en 1938 con dos temas instrumentales: Comme il faut y Tinta verde, nada menos que de Eduardo Arolas y Agustín Bardi. Su último registro data de 1971, cuando grabó un álbum completo con Roberto Goyeneche. Acompañó al Polaco en Corazón de papel, Sur, Tinta roja, Una canción y El bulín de la calle Ayacucho, entre otros temas. Es cierto que varios de sus proyectos tuvieron que ver con regresos a formaciones, repertorios o modalidades musicales ya probadas. El Gordo tomaba eso como un ligero descanso para buscar impulso nuevamente. Le servía para exhibir de inmediato algo nuevo, creativo, vibrante que le permitiera internarse en paisajes musicales diferentes.

Pichuco fue capaz de tomar el tema trivial de una esquina y convertirlo en un motivo universal, como La última curda. Al Gordo le lloraba el alma cuando gemía un fueye, que “lastima bandoneón mi corazón con tu ronca maldición maleva... tu lágrima de ron me lleva hasta el hondo bajo fondo donde el barro se subleva”. La piadosa ingenuidad de estas rimas fue, de todas formas, sólo uno de los innumerables ropajes que vistió la inventiva de Troilo. También asumió la calidez de Sur, las arrogancias de Garras, las tristezas de Garúa, cuando uno va solo “como un duende que en la sombra más la busca y más la nombra”, terminando en el instante que el “cielo se pone a llorar”.

La historia menuda, esa que queda registrada más allá de los recuerdos y las estadísticas, ubica a Aníbal Troilo como uno de los creadores supremos del tango. Se definía a sí mismo como un músico a secas, sin aditamentos. Como creador original, basta escuchar cuatro compases para identificar cualquiera de sus orquestas. Hay, en todas ellas, la impronta del director. Ese sonido inimitable partió de su manera de matizar los crescendos. Sobriedad y elegancia son los dos adjetivos que mejor le calzan. Como bandoneonista hay que subrayar la sencillez en la digitación y la serenidad del temperamento. No fue un instrumentista espectacular, pero sí un adelantado: desdeñó el modo enfático de utilizar el fueye para sostenerse en modalidades y necesidades de la vieja guardia, sin abandonar su inspiración melodista.

Supo elegir, como pocos, a sus cantores. Cuando algunos nunca creyeron haber oído tan fantástica combinación de una orquesta y una voz, se maravillaron con Toda mi vida (Francisco Fiorentino), Farolito de papel (Alberto Marino), Naranjo en flor (Floreal Ruíz), Yo te bendigo (Edmundo Rivero), Mi vieja viola (Jorge Casal), De vuelta al bulín (Raúl
Berón), Te llaman malevo (Angel Cárdenas), Un boliche (Roberto Goyeneche), María (Roberto Rufino), Desencuentro (Elba Berón), Barrio de tango (Nelly Vázquez), El último farol (Tito Reyes). Aníbal Troilo brotó, fantasmal, de aquello esencial que ya apenas existe: la necesidad de hacer música con lo propio, expresando al barrio, a la ciudad, a la noche, al idioma, al recuerdo, a las tristezas. No habrá ninguno igual, seguramente.
En rigor, no hubo ninguna cosa - después del tango - que a Troilo le gustara más que el fútbol. Solía decir que para jugarlo hacían falta dos de las cosas que a él le sobraban: armonía y ritmo. Su tío Juanca lo acercó una vez a la vieja cancha de avenida Alvear y Tagle, cuando el Monumental era todavía un sueño, y desde entonces fue hincha fanático de River. Se hizo amigo entrañable de Bernabé Ferreyra, luego de que La Fiera recalara de Tigre. Hay una frase que sintetiza todo el fervor de El Gordo: “Nunca va a haber un ídolo como Bernabé. Puede que haya habido mejores jugadores, pero ídolos como él no habrá. ¡Mataba!. ¡Asesinaba!. Fue único. Es indiscutible, así como hubo un solo Leguizamo, un solo Gardel, un solo Fangio y un solo Bernabé. ¿Sabés lo que representa Bernabé para el pueblo? Gente que nunca había pisado una cancha iba solamente a verlo a él. En un momento en el que el fútbol estaba bastante bajo, lo levantó él solo”.

Pichuco estuvo en el debut de Bernabé, la tarde que le hizo tres goles a San Lorenzo. También el día que contra Racing marcó un impresionante tanto desde la mitad de la cancha y no dejó de aplaudir a De la Mata cuando gambeteó a media defensa de River para convertir un gol histórico. “Lo aplaudí porque siempre me gustaron las cosas lindas”, se justificaba. Después se hizo amigo de los integrantes de “La Máquina”, de Adolfo Pedernera, de José Manuel Moreno, de Renato Cesarini, del Tuerto Ramos, ex técnico de Sarmiento. Más tarde aparecieron otros, como Alfredo Di Stéfano y el botija Walter Gómez, hasta que la pasión futbolera se prolongó en Enrique Sívori y con los primeros “compases” del Beto Menéndez.

El domingo 18 de mayo de 1975, mientras Pichuco agonizaba en la sala de neurología del Hospital Italiano, River, su River, empataba 0 a 0 con Vélez, en el Monumental. Era el puntero con siete puntos de ventaja sobre el segundo y sería campeón tres meses después, tras una espera de 18 años. El Gordo siempre lo decía: “uno no se muere de golpe, sino que se va muriendo de a poquito, con cada amigo que se va quedando en el camino”.

 

 


© Letra Viva 2007

Todos los derechos reservados - Prohibida su reproducción total o parcial