LA PASIÓN DESPUÉS DE LA VIDA
por
Verónica Cardozo

Poetas contemporáneos, amigos y refugiados en la misma pasión; diferentes en sus ideas pero hermanados por una coincidencia común: morir por no comprender sus destinos.

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La profunda sensibilidad de escritores y artistas los hace ingresar - a veces - a los lugares más inhóspitos del espíritu. Así atraviesan las cavernas de la mente donde quizás están encerrados algunos secretos del mundo. Esa fragilidad puede ser vista, además, como un maravilloso don que vuelve demasiado vulnerables a ciertas almas que no soportan determinados condicionamientos de la realidad. Esto se agrava para ellos cuando ese mundo real les resulta demasiado incomprensible. Por eso, en su condición de naturalezas impresionables y perceptivas - y al no poder modificar el entorno - algunos deciden terminar con sus vidas.

Se han tejido muchos mitos con algunas de esas muertes voluntarias; se cuestionaron
vidas, se alimentaron razones, se intentó incluso, descubrir los dolores más íntimos de cada cual…

¿Enfermedad, desengaños de amor, designios de familias, azares del destino? ¿O simplemente se trata, como algunos suponen en primera instancia y sin profundizar, de meros actos de cobardía?

Sólo ellos supieron del padecimiento en ese minuto fatal y lo llevaron a sus tumbas.
Las predestinaciones o azares del destino hicieron que en un lapso de meses, murieran por decisión propia tres poetas consagrados: Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni. Amigos. Compañeros en el camino. Cada uno con su estilo, inclinaciones políticas y formas de vida pero, siempre, incansables observadores del mundo.

En la esfera de la política y teatro hubo también suicidios como el de Lisandro de la Torre, Enrique Méndez Calzada, Víctor Juan Guillot, Enrique Loncán, Florencio Parravicini y Eduardo Jorge Bosco.
Muertes acaecidas en una época en que el país atravesaba una asfixia social y económica de corrupción y ”mishiadura”, como eternizó el tango en muchas de sus composiciones. La década del ‘30, esa “infame”
Tiempos amargos reflejados en las letras pero eternizados también, por los grandes poetas suicidas…

Amor, locura y muerte

Leopoldo Lugones, propulsor del poema del Martín Fierro como epopeya fundacional de la nacionalidad, instaurador de la figura del gaucho como arquetipo del ser argentino, máximo exponente en el país del Modernismo, polémico y controvertido, erigiéndose como un gigantesco monumento nacional, ideólogo espiritual del golpe de Estado de 1930, que abrió la serie de dictaduras militares que padeció nuestro país en este siglo que, alentando a la primera dictadura, dijo: ”limpiemos al país de esa basura bulliciosa que es la resaca del extranjero...” o ”la historia muestra que los mejores gobiernos son los de las oligarquías inteligentes...”, que pasó del anarquismo al nacionalismo fascista, del ateísmo a ser creyente de Dios, vivió siempre al límite de los opuestos y sobrellevó en sus años de adulto, una terrible tragedia: enamorarse de una joven estudiante de letras.

Ese hombre adusto y de paso firme, que años antes había publicado un canto a la monogamia en “El libro fiel”, dedicado a su esposa de toda la vida, de pronto, perdía la compostura y moría de amor, languideciendo a diario con frases cargadas de erotismo y pasión irrefrenable por una joven.

El tenía 52 años y era director de la Biblioteca del maestro, ella 20 años asomando en su mirada. Un día de 1926, esta joven estudiante se acercó para pedirle un ejemplar del entonces agotado “Lunario Sentimental”. Lugones, henchido de orgullo pensando que la joven deseaba un autógrafo se encargó personalmente de conseguirlo y entregárselo autografiado. No imaginó que el destino le estaba entretejiendo una telaraña misteriosa.

Emilia Cadelago sería la depositaria de los versos más ardorosos, correspondiendo a ese amor quimérico. Aglaura la llamó el poeta en sus noches enfebrecidas de exaltación, convirtiéndola en “tortolita de seda”, “golondrinita de oro”, “princesita adorada”, su “abejita de miel”…

Comenzó una relación apasionada. Los encuentros se concretarían luego de las clases de esgrima de Lugones. Y cotidianamente, él le enviaría cartas y poemas sellados con sangre y, a veces, semen.

Pero alguien, desde la oscuridad, acechaba. Unos ojos encendidos de furia dispuestos a acabar con esa relación. Polo Lugones, el propio hijo del poeta, comisario de policía, (célebre por haber inaugurado el uso de la picana eléctrica en la Argentina); peregrinaba obsesionado tras los pasos del “enamorado”. Intervino teléfonos, grabó conversaciones y finalmente obligó a los padres de la joven poner fin a la relación, decretando que haría pasar por loco a su padre y lo encerraría, si no concluía ese amor oculto.

Se renunció al amor, ella por decisión de sus padres y él, por temor a ser juzgado por la sociedad inquisidora en que vivía; el fuego fue apagándose pero el desenlace frustrado de ese amor, comenzó a minar el espíritu del poeta.
Ardiente pasión que, dicen algunos, lo llevó al suicidio por no poder perpetuarla con la intensidad de su sentir.

“…no puedo terminar el libro sobre Roca…” decía la esquela que dejó antes de morir. El 18 de febrero de 1938 puso fin a su vida; con el whisky del placer y el cianuro de la oscuridad, en “El Tropezón”, Tigre, lugar donde tiempo antes había descubierto la fuerza de su naturaleza amatoria.

Entre ausencia y muerte/, la ausencia es peor/, pues mata y no alivia/, De amor ni dolor/.- rezaban sus versos de entonces.
Por los azares del destino, hacía un año y un día que Horacio Quiroga había tomado igual decisión: el suicidio.

En la selva, a la deriva

Otras fueron las razones que lo llevaron a Horacio Quiroga, el creador de los cuentos más enigmáticos del Río de la Plata, a terminar con su vida en 1937. El cáncer lo consumía y el cianuro fue su aliado.

Impresiona como lo persiguió la muerte. Cómo se enseñoreaba a su alrededor desde su nacimiento. Tenía dos meses cuando en forma accidental su padre, se disparó con una escopeta. Era adolescente cuando su padrastro se mató por no soportar una invalidez. Mas adelante, él mismo mató sin querer a un amigo enseñándole a usar una escopeta. Dos de sus hermanas murieron de fiebre tifoidea y, mas tarde, su esposa se suicidó. Y la cuenta irreversible de la tragedia continuó aún después de su propia muerte cuando dos de sus hijos siguieron sus pasos.

Podemos comprender así, la presencia del horror, la oscuridad y la muerte en sus cuentos. Un espíritu signado por las sombras y lo sobrenatural.
En 1903 Leopoldo Lugones lo llevó como fotógrafo a Misiones. Descubrió así un mundo nuevo y la selva se convirtió en su hogar, allí nacieron sus cuentos y allí el manto de la muerte lo cobijó.

De ese universo terriblemente extraño y fuerte, nacen personajes, que en algunos de los casos, son su propia imagen. Luchar contra la naturaleza y la fatalidad. Sentir la muerte en soledad. Descubrir los sonidos y el sentir de esa selva enigmática acechando, que lo atrapó hasta poseerlo.

Después del suicidio de Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, con quien había tenido una relación amorosa, conmovida, le escribió estos versos:
”Morir como tú, Horacio, en tus cabales y así como en tus cuentos, no está mal un rayo a tiempo y se acabó la feria... Allá dirán nos hieren cada hora, queda escrito nos mata el final...”

Y se va Alfonsina con su soledad

Alfonsina Storni era una mujer sufrida, con una infancia de trabajo y necesidades pero generosa en cosechar amigos. Nacida en 1892, desde pequeña comenzó a escribir versos. En 1915, le pidió a Leopoldo Lugones que lea unos versos suyos: ”Esto que me permito pedirle - escribió- tiene una razón. Mi libro se va a publicar en breve. Yo sé que se me tildará de inmoral”.

En 1922 se cruzó con Horacio Quiroga. El poeta conquistaba a las mujeres con su figura un tanto enigmática, su barba tupida y sus ojos abismales como la selva misma; y Alfonsina, con su tremenda sensibilidad, ingresó a través de la profundidad de su mirada y quedó prendada de él. Una carta de Quiroga decía: ”Anda por Buenos Aires una admirable criatura de dieciséis años, a cuyo recuerdo soy fiel en razón de una noche que cené en su casa, ocupando la larga hora en buscar con mi pie debajo de la mesa lo que, ¡oh Dios!, me fue acordado encontrar con ajeno beneplácito. Aun llegué a bajar la mano, en pretexto de corregir la servilleta, y la coloqué, con la curva precisa, sobre su rodilla, un momento, un solo momento”.

Y el romance nació entre ambos. Ella ya tenía un hijo, Alejandro, nacido en 1912. Era madre soltera y feminista. Ganó muchos premios y fue la impulsora de la Sociedad Argentina de Escritores.

En el verano del 1935, supo la temible noticia: tenía cáncer de mama. Fue operada, pero el cáncer no abandonó su cuerpo. La depresión se fue apoderando de ella día a día.

Y el mar inundó sus poemas, ese mar que la llamaba, la esperaba, y en sus ecos le susurraba palabras para contener su angustia. El suicidio estaba flotando en el ambiente y ella lo sentía, la muerte de Quiroga la quebró pero aún más, la de la propia hija del poeta meses atrás.

Oh mar, dame tu cólera tremenda,
Yo me pasé la vida perdonando,
Porque entendía, mar, yo me fui dando:
”Piedad, piedad para el que más ofenda”.
Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza,
¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.
En octubre de 1938 sacó un pasaje desde Buenos Aires a Mar del Plata. Un pasaje sin retorno. Y esa noche, escribió “Voy a dormir”
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito

Envió el poema al diario La Nación y redactó una carta a su hijo Alejandro de 26 años. En soledad, giró su cabeza hacia el infinito y con la mirada ausente, recreó su vida; una sonrisa escapó a pesar de su angustia; respiró profundo y lloró por el monstruo que estaba dentro de ella, matándola de a poco. En la madrugada salió hacia el mar. Y el mar la escuchó, convocándola con sonidos que sólo ella pudo percibir, y allí partió, lentamente por la arena como en una hipnosis, oyendo el clamor del mar diciendo: “Alfonsina, ven…”.

”Por la blanda arena que lame el mar/ su pequeña huella no vuelve más, (…).”
Mientras tanto, su espíritu liberado ya estaba fundido con la espuma y las caracolas…y Alfonsina, en comunión eterna con su mar amado.

Borges proporcionó una bella explicación del suicidio. Cuando murió Lugones dijo:
“(…) Entonces, aquel hombre, señor de todas las palabras, sintió en la entraña que la realidad no es verbal y puede ser incomunicable y atroz, y fue, callado y solo, a buscar, en el crepúsculo de una isla, la muerte.”
Horacio Quiroga la buscó en la selva y Alfonsina en el mar…es que, la sensibilidad de los poetas es tal, que conciben la poesía hasta en la muerte misma.

 


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